viernes, 19 de mayo de 2017

Rasguña la piedra

"Escarbo hasta abrazarte y me sangra la mano, pero qué libre vamos a crecer"
Rasguña las piedras (Sui Generis)

¿Y cuántos centenares de años hace que estoy muerta y te amo?
Noche compartida en el recuerdo de la huida (Alejandra Pizarnik)


He dejado a un lado la palabra encubierta el verso la metáfora el eufemismo. He dejado de ponerle velo al sentimiento. Quiero llamarte por tus siete letras coma dos palabras, frase que le abre la tapa a mi urna. Quiero verle la cara a la palabra así tal como es desnuda vulnerable atravesable luminosa oscura divina o terrible pero mirarle a los ojos sin pudor soportando todo su mirada dura suave querible aborrecible pero verla. Quiero la palabra que me saque las entrañas. Quiero que este corazón palpitante salga de mi pecho y te alcance. Quiero escuchar a mi voz rompiéndose en el aire mientras te dice te amo. Quiero amordazar al tiempo, quiero que me de la razón, que por primera vez en la vida se ponga de mi lado, que responda al ritmo de mi deseo, que cruce nuestros caminos y yo te mire a tiempo y acuda a ti como una peregrina a los pies del Señor, que tú me permitas tomar tu mano humedecida y besarla, besarla tanto como María Magdalena derramó lágrimas, besos y perfume sobre los pies de su amado. Quiero la palabra palpitante, la palabra que queme mi boca mis manos esa que pone mi pecho caliente cuando siento tanto tanto que repito tu nombre bajito en inagotable sucesión de veces como una plegaria ardorosa, mi más sagrado mantra del más abnegado monje cabeza rapada. Sentir tanto duele. Jamás creí que ocultarme de las palabras sería tan doloroso. La palabra perfecta la que parta la realidad hasta traspasar hasta lo espiritual es de la que tuve pavor de encarar. Sí, le tuve miedo. No quise decir aquello que me superaría en la realidad. No creía estar  a la altura de la palabra desnuda. Soy tan pequeña y ensombrecida. Soy suspiro, susurro, rumor, sombra, espejismo, un sueño olvidado al despertar, una figura, tu Fata Morgana con deseo ardoroso de trascender pero tan irreal y abstracta que cuando pisaste tierra y parpadeaste, me borraste. ¿Cómo podía la sombra creerse materia?. ¿Cómo podía soportar el peso de la palabra? o peor ¿cómo podía yo soportar el peso de la realidad, cómo podía soportar la vida. Cómo podía ser tangible el deseo para responder a tus caricias. Cómo podía abrazarte a tiempo sin miedo si quien te deseaba estaba desollándose las manos en el intento de rasguñar, golpear, luchar desde adentro, traspasando nieblas, pieles, murallas  pesadísimas para encontrar el beso tuyo que me volvería a la vida, pero todo intento fue inútil se los tragó la cerrazón. Fue luego, ya tarde, por supuesto, que mientras la palabra me perseguía, se hacía pesada dentro de mí, se metamorfoseaba en tu nombre y echaba raíces inmensas profundas que rompián espesas capas  de cemento encallecido de un frotarse las manos a solas. Pero eso ya cedía a un fuego abrasador que crepitaba en lo hondo de mi pecho, era imposible no llorar mientras te refulgías tan quemante desde adentro. Y vaya, que despertar a la vida duele. Pero desperté demasiado tarde. ¿Por qué no te quedaste para terminar lo que empezaste sin querer? Fuiste la diosa madre indolente que abandonó a su criatura después que sopló aliento al barro. Eso no se hace, mujer. Si viniste a crear era para que te sentaras a ver, para que te quedaras a sentir cómo una marejada de susurros se hacían cálidos y corpóreos para trocarse en un abrazo de mil silencios contenidos que se enramaran en tu cintura. Ahora no sé qué soy. Una parodójica vena latiendo convulsa dando patadas de agónica, ¿quizás? Pero deseo la palabra. Poseerla, hacer mía cada poro evadizo, quiero asirla en mi mano muy fuerte para que si viene la vida, llevo el fuego que robé del Olimpo, vengo con la candelita que saqué de las piedras, vengo a decir que un recuerdo echa candelita si llevas el fuego por dentro. O mejor, quiero la vida, quiero la vida real quemante, yo correspondiéndole a cada uno de mis silencios a cada una de mis palabras ardorosas que me nacieron desde que te fuiste.

fuego


Cuando uno quema cosas es como si se lavara por dentro. 
¡No ven la tierra! Está toda sucia de monte, toda molesta
de monte. Y¡zuas! Uno le prende fuego por los cuatro lados. El viento;
sople por donde sople, no apaga las llamas.  Las empuja más bien.
Y al rato es todo un hervidero de humo y una sonazón de palos secos. Después
a los días, la tierra está limpia, como ha de ser el corazón del hombre.
Un corazón con chamizas prendidas y el corazón se ve muy bonito
desde lejos cuando las llamas casi llegan al cielo del corazón.
Ensalmo para Vicente Cunarrosa (Adriano González León)

fuego x ese andar de sacar el alma y recoger luego por tu débil argumento de verlo como exceso impúdico, indecente, porque lo interior es sagrado y callado queda. Aprende de la muchacha, lirio verde, la del soberbio atardecer naranja que se le asemeja a la libertad de su alma. Aprende de las aves migratorias que te han trastornado tu estrechez de cerrazón, a casa arraigada. Aprende de Fito que pese a todo ofrece el corazón. Aprende de la niña de la dulzura aguerrida. Aprende, de la señora frente a la tanqueta, tu paz valiente. Pero, primero, préndete fuego x no saber aprender, x andar con tu cerrazón enceguecida, encendiéndole velitas a tus fantasmas. Fuego x tus arrastrantes sombras que no hermanas con esa  Amatista tuya- piscis además-. Fuego x no saber hablar cuando necesitas hacerlo. Fuego x no saber amar- kamala tenía razón-. Fuego x tus labios injuriosos cuando la exasperación te desgaja la suavidad, fuego x haber nacido para lo inútil. Fuego x no ser el abrazo que salva. Fuego porque eres todo lo que se diluye. Fuego por tu voz que ni buenosdías-disculpe son oíbles. Fuego x ti, x lo que eres que no es nada, tan sólo un intento errando ser.  Aspira el aire, va viciado de ti, pero espera, viene el bóreas fue el único capaz de mirarte a la cara y esparcir tus cenizas a la nada de donde vinieron.