lunes, 26 de junio de 2017

Sola




"Seré una mujer en un
 país en guerra
que piensa en ti
habitualmente
-sola-".
Martha Kornblith

"No tienes derecho al abrazo prolongado más allá del abrazo.
No tienes derecho a la continuidad".
Lydda Franco Farías

"...and with words spoken. A silent devotion"
Angels (The XX)

"Yo te entegué mi sangre, mis sonidos,
 mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora".
Lo que pasa (Juan Gelman)

"Benedicta tu in mulieribus"
El Avemaría 

Mi amiga me contó que su hada celeste, antes de marcharse a otro lugar le escribió, "contigo aprendí lo que una mujer es para otra mujer". 

Hay una mujer frente al espejo. Había latiendo en su sien una pregunta, ¿qué es una mujer para otra mujer? Ella no sabía con certeza. No se sentía todas las mujeres. Es más no se sentía la mujer. Se sentía ella sin creerse parte de una legión de mujeres, una hermandad con la cual identificarse y sentirse menos sola. Nada de eso. La mujer, si acaso podía abarcar esa identidad, era ella. Y así le confirmaba el espejo con su piel quemada, sus ojeras, su incipiente alopecia, era ella la mujer, devolviéndole esa mirada abrasiva de dulzura y deseo, que en el fondo, no había nadie más, sólo ella, sola. Yo te pregunto, ¿cómo ama una mujer sola a otra mujer? Quiero decir, no es cualquier mujer, es una mujer sola y ambigua. Una mujer que no está acostumbrada a que sus pies vayan a la par de otros pies. Es la mujer que cierra los ojos cuando canta. La que ríe y celebra sus victorias con gestos discretos que poco les importa si son mirados. Es la mujer que verás sentada en algún sitio tomando un té verde con miel y limón, el sabor de la soledad. Es la mujer de la soledad infinita, casi soberbia. Es la mujer que pregona su estancia llena de sí misma en las entrañas cuando camina, en su aire que no le acompaña su eco, en su cuerpo que no le sigue sombra, allí es la mujer: la mujer sola. Es la mujer que va por ahí con la sonrisa inmotivada en los labios, siendo suya, perteneciéndose. Pero también por momentos, la verás acompañada de algún amigo, el mismo amigo los sábados por las tardes, le mirarás de soslayo y verás como toma su café despacio mientras ríe con aquel que se le asemeja en un no sabes qué. La verás radiante, risueña, casi niña, con aquel amigo, su otra yo misma. A esta mujer, el día menos pensado, la verás sentada en algún bar invisible, algo más similar a un tugurio donde la verás compartiendo la mesa con un pintor versátil y borracho, su mirada divertida, casi animada le refutará a este desconocido algo del paradigma positivista. En otra noche, la verás caminando, sosteniendo un acalorado soliloquio mientras agita sus manos en el aire confundiéndose en las sombras. Es la mujer sola que verás sentada en alguna plaza con la mirada extraviada en la copa de los árboles o mirando casi con deseo algún tronco de árbol. Otro momento, la mujer sola arrancando jazmínes del arbusto de la casa que siempre consigue en su ruta habitual, sus manos parecen niñas ansiosas arrancando la doncellez delicada y blanquecina de las flores y encerrará su olor entre las páginas del libro que va leyendo en el camino. Transita despacio, casi con cansancio, si la sigues de cerca en el tumulto de las calles, la verás viendo alguna cabellera dorada flotando en el aire, o quizás la veas en el colapso del transporte público, delatándola por descuido su mirada que estará fija en los movimientos de alguna otra mujer sola con uniforme de empresa. Si le sigues sus movimientos, le verás sonreír mientras mira a aquella, sus pensamientos son casi predecibles, le calcula 45  años, su mirada se detendrá en sus manos, sonríe, creerás que piensa, es una mujer que tiene o un chico de ocho años o una hija de quince, ella sola, madre soltera. Su rostro se descompone un poco cuando aquella mujer hace ademán de levantarse para irse. Su mirada se quedará ausente en el sitio ocupado por alguien más. Levanta la vista, volteas. Ahora está con una carpeta en la mano en alguna institución del Estado, no habla con nadie, no mira a nadie, le notarás impaciente, casi displicente, odia la burocracia, odia la rutina de oficina. Su voz cortés pero levemente irritada dirá algo inaudible, se aclara la voz, el funcionario le habla con rutina, ella hará un mohín de mujercita malcriada. A la medianoche es la mujer sola que la verás leyendo poesía oriental mientras toma café. Repite los haikús de Kobayashi Issa como mantra. "Que nada me pertenezca. / Sólo la paz del corazón / y el frescor del aire". De pronto, se interrumpe, pone en la laptop una canción que tiene un introductorio musical lento y suave que prolonga el minuto. La verás que toma una actitud ensimismada, abrazada a sus piernas, verás a esta mujer sola que empieza a cantar con los ojos cerrados, casi parece que lo hace con devoción como si le cantara a Dios o alguna otra divinidad. Canta feo pero lo hace con alma. Esta mujer de pronto se le quiebra la voz y llora como una niñita acurrucada en el piso. Son las cinco de la mañana, prepara desayuno, monta el café, pone el Dixit Dominus de Handel, la verás con una leve sonrisa solemne, casi levitando. Su café humeante lo toma como un ritual sagrado, cierra los ojos, deja que le humedezcan los cristales de los lentes, no le importa porque nadie la mira, se deja absorber por su aroma, y lo toma a pequeños sorbos. Se entretiene, alcanza aquel deshojado ejemplar de Ovidio, lee la historia de Ifis, escribe unas garrapatadas en un papelito, lo introduce en el libro en medio de otro montón de hojitas similares a aquel. Es domingo por la mañana,  la verás sentada en la misa de primera hora. Su mirada parece ausente de todo aquello excepto cuando canta y reza. Avemaría, llena eres de gracia. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Al momento de comulgar lo hace cerrando los ojos y se persigna. De esta mujer sola y de rutinas, ambigua en deseos, la verás sentada frente a un árbol ancestral e inmenso. Cierra los ojos. Aquel árbol agitará sus hojas en lo alto, le llevará una melodía susurrante al alma, una enseñanza milenaria y de viento que habla de raíces sin amarres. Hay un diálogo antiguo y secreto entre aquella mujer sola y ese árbol. La mujer sola susurra algo muy bajito, si le miras más de cerca, verás que hay lágrimas que le corren por las mejillas. Mirarás el árbol y no comprenderás nada de aquel aire ceremonioso y de misterio que circula en ese espacio.  Aquella mujer tiene transido en el pecho y la memoria un sentimiento que explica lo que le pasa con los árboles. -¿Cómo sientes mi abrazo?-le pregunta mecida por el rumor de aquel árbol inmenso- Como con miedo- le contesta la muchacha. Abre los ojos. Te preguntaba ¿cómo ama una mujer sola a otra mujer? Los árboles de acacia lo saben todo. Si acaricias un árbol de acacia y te has leído Las Metamorfosis de Ovidio, quizás comprenderás porque la mujer sola bautizó a su acacia como Ariadna y porqué cuando acaricia el tronco lo hace con una ternura que pareciera que le hace cariñitos en el cabello a algún ser amado. También hay otras historia con las plantas. A todas las bautiza y les pone nombres de señoritas que llevan el carácter de sus hojas, del color de sus flores y la fragilidad y engrosamiento de su tallo según sea el caso. Conoce bien a esas ninfas con forma de árboles. Saben del tiempo macerado con silencio y espera. Siente a la mujer sola mientras está atenta a la contemplación de su árbol-iglesia de ramas inmensas. Quien se sienta en sus salientes raíces aprenderá a sostener una promesa que tenga su tiempo, sin importarle las circunstancias. Aquella mujer se sabe infinita aunque a veces le pese tanta nostalgias acumulada en las entrañas. -Te  pareces a mi madre. El mismo cabello dorado. Los mismos suspiros, esa mirada tan triste. Me gustas. No creo que llegue a olvidarte, nunca-. Son las siete de la noche, una amiga le hace una visita imprevista. Era la noche para escribir. Sonríe por cortesía, no dice nada. Le sirve de forma muy pulcra un trozo grande de piña en un platito con cubiertos. La mira comérselo. La amiga no para de hablar, ella asiente. De pronto se siente culpable de su actitud mezquina. Para enmendar su error, busca aquel librito heredado,  gastado por el uso y los años. Se lo enseña con sonrisa triunfal y burlesca a su amiga: Las rimas de Bécquer. Busca uno al azar, cae en las famosas tristes golondrinas. Lee, de pronto su voz se quiebra. Son las seis de la mañana. Ella está asomada en el balcón viendo como rompe el amanecer, le acerca la taza de café humeante, ambas lo toman en silencio. Era su tiempo juntas, aquel silencio sagrado entre las dos, aquella vista del espectáculo de colores, la maravilla de Dios con sus acuarelas. -Mamá, te quiero tanto. Te querré siempre. Ahora, sola, se mira en el espejo, tan suya, sonríe, una mueca apenas estirada le surca la cara. Suspira, ese viejo hábito adquirido por asimilación hace tantos años o quizás a fuerza de pensarla tanto se volvió cotidiano. Reflexiona en aquella pregunta. Ella no se siente mujer. Es decir, no es cualquier mujer. Es una mujer sola, ambigua, cansada y de ritos. Vive en significados y símbolos. Cada ritual es la consagración a las mujeres que ama. Ya tiene sus primeras canas, tiene surcos en la comisura de sus ojos. Lista para dormir, como ritual sagrado e infaltable para despedir el día, piensa casi por inercia en las dos mujeres de su vida . Siempre así, tan leal, tan perrunamente fiel como dice aquel verso de Lydda. Le atan unas promesas de las que sólo ella tiene memoria.  Aquella mujer sola y eterna, de  incansables rituales, adora, da gracias, se persigna diciendo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y con su mano se sella los labios con un beso.

jueves, 22 de junio de 2017

Un día lorelei, un día dreampop.


Hoy no quiero hablar. Adentro no hay nadie para visitas. Mi cuerpo tendido en el suelo de mi cuarto mirando los libros y el polvo debajo de mi cama. Estamos en esos días que soy piña, frutos secos, algo informe y silencioso, calcomanía, un recibo de marcapáginas, la canción del pato de Natalia la Fourcade, Frankie Cosmos, el Jorge Regula de The Moldy Peaches, un disfraz de alienígena, una canción deprevolada de Soko, un verso con sol de Papasquiaro. Hey, "Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa", mi amigo Caicedo me dijo que para la timidez la autodestrucción, que no me crea Ricardito Miserable que se perdió cargando con todos los síntomas de su generación. Soy la beat generation. La risa bonita de Tim Buckley esa que da miedito por su franqueza. Angélica haciendo un corazoncito con su mano cuando alguien le saca una sonrisa. Soy los angelitos con caritas cínicas de Caravaggio, soy este desastre abusivo de diminutivos que me quedan mal porque no soy tiernita, ¿ves? Soy el absurdo "oh, no" de esa masa deforme y rosada de Alex Norris. Hoy soy un personaje sórdido de Gummo, cerezas. Soy el cabello del tipo raro de Eraserhead. Soy todas mis manías con el cilantro, con el orégano, con el café y Spinetta, la armonía perfecta, para los domingos a las seis de la tarde, la música solemne los sábados al desayuno, mis libros para caminar, Kafka y Ovidio como un beso antes de partir. Hoy más que nunca soy E.T. con su macetita de flores, cerrando los ojos cuando la niñita le besa la frente. Soy Sin Rostro al lado siempre de Chihiro.  Naked Lunch, sírveme un cadáver exquisito. Naked Lunch, ¿doy tanta lástima porque soy de parasiempres? Dadá, bríndame, dadá, por favor ¿Ves?, algo yuxtapuesto, sinrazón, no algo armado, no, pero sí, una idea flotando en tu cabeza y un efecto onomatopéyico rompiendo el aire pasmoso. Hoy soy los días de perritos que me miran de forma amistosa en la calle y me sacan un espontáneo: hola, bebé. Mi cabeza ondulándose,ojoscerrados,sonrisalánguida,tristecita monótona en el pecho, un rasgueo de guitarra que suena a campana ascensional, una nube soñadora bamboleándose en el aire, su voz, su voz voladora, Elizabeth Fraser, bendita eres entre todas las mujeres, bendita tu voz, un arrullo de bruja shoegaze, dream, dream,dream, lorelei, viste que suena a tañido de campanas, lorelei, no me mires a la cara.

martes, 13 de junio de 2017

Amberes, fue una muchacha de espaldas en un muelle.


"Amberes es un sueño parecido a ella,
hay que andar silencioso para no despertarla,
hay que recorrerla con los ojos cerrados
hasta mirarla dentro de nosotros,
entonces es Amberes la que va por el mar,
la que parte sin ruta, navegando
y uno se queda,
cuando queremos verla ya está lejos, 
todos los horizontes nos separan".
Amberes, 1978 (Eugenio Montejo)

"Ella sueña tras el vendaval,
se quitó la ropa, sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad".
 Copenhague (Vetusta Morla)

Vi Amberes,

Hubo un muelle y una muchacha de espaldas con vista al mar.
¿Qué piensa esta muchacha de espaldas?
¿Qué espera?
El viento le sopla en la nuca
el viento le cuenta cosas al oído
tal vez no espera
tal vez sólo escucha.
Esta muchacha evoca tanto a la hermana de Dalí que mira el mar reclinada en su ventana.
Sus cuerpos comparten ese aire que denota suspiro, nostalgia con algo de tristeza inasible.
Pero te hablo de la muchacha de espaldas en el muelle,
la miras desde acá y parece como si abrazara su cuerpo 
-junto al viento, el mar, el cielo, que tan bonitos se les parece-.
Esta muchacha que hubo un tiempo en que la miré a los ojos,
su mirada tristísima me contaba historias sin que ella lo supiera.
Me contaba, por ejemplo, de historias de otros muelles, otros horizontes,
otros adioses sin retorno. 
Me contaban sus ojos que estaba cansada de despedidas,
que anhelaba sentir un sitio como casa, pero sus pies no conocían de raíces.
Me contaban que había en el pecho de aquella muchacha un algo inhabitable,
un algo muy de ella, inconquistable, que nada ni nadie lo podría poseer.
Una nostalgia que había cavado un hoyo, pequeñito, pero lo suficiente para que habitara
una nostalgia permanente de un te-echo-de-menos- aún sin partir.
Me contaban todas estas cosas no con palabras sino con señales que
implicaban sus suspiros, su mirada-suspiro, esa calma antigua en el fondo de sus ojos,
me contaban que ella es un ave migratoria.
Una que tiene por patria los cielos, jamás el suelo.
Se sabe suya y del viento, de nadie más, por eso siempre parte.
Por eso aunque quiera entenderla habitando sus suspiros
aunque quiera ser el viento que despeine sus cabellos y le rumoree en el cuello
y quiera entrar en ese algo inhabitable que ningún sitio la retiene,
ningún sitio la ancla, ningún parasiempre la domestica para que se quede,
esta muchacha en el muelle que mira el mar y el cielo fundiéndose en un indisoluble abrazo eterno
-la muchacha, el mar, el cielo-
voltee, suspire, sonría y se marche
dejándome a mí, sola, sin respuestas.
Muchacha en la ventana, 1925 (S. Dalí)

jueves, 8 de junio de 2017

She made me love





"Sólo sé que voy a vivir dentro de una canción /.../ 
Una canción te nombra dentro de una canción.
 Dentro de la propia sombra de una canción está la vida".
Dentro de una canción (Calamaro)


A Sharon van Etten por componer un himno de adoración.
y a Ella(ba), por supuesto.

She made me love, she made me love, she made me love, she made me love, siéntelo, amor, como si ha sido cantado por los labios extáticos de santa Teresa. La santa Teresa de Jesús siendo aguijoneada por el ángel. Siéntelo como la plegaria fervorosa del san Francisco de Zurbarán, con su mirada ciega de devoción divina, su mirada elevada al cielo, y los mismos labios extáticos en señal de ardorosa adoración a su Señor. Siéntelo, amor, como la beata Ludovica de Bernini con la mano en el pecho como si le doliera  querer tanto,tanto, tanto,-chained to the wall of our room- inútilmente tanto, a su dios de mármol, a su dios que no bajó ni un sólo minuto del cielo para estar con ella. -With no light, with no light-. Siéntelo como los brazos ansiosos de Pigmalión cuando su Galatea se le hizo carne tibia debajo de su piel. Siéntelo con el corazón derretido de Magdalena, hecho lágrimas de vela, porque la piedra se hizo carne. Siéntelo porque hoy un corazón libre puede cantarle cánticos de gratitud a la vida, -she made me love, she made me love, she made me love-. ¿Cómo no cantar si hubo quien le dijo "tú no sabes amar"?. Siéntelo como un abrazo que te acuna que te canta nanas bajito al oído para que duerma a tu almita cuando se ponga inquieta. Siente la paz cuando puedas porque a veces anda a tientas para no despertar a nadie. Siéntela, amor, que ella te quiere a ti junto a ella. La paz, mi paz valiente, compartida, dulce, aguerrida que si abres los ojos y la miras ella te acaricia con una mirada que sólo quien lleva cielo dentro la puede sentir, de lo contrario, verás el frío del mármol irascible al mundanal espacio exterior. -You were high, you were high-. Siéntelo como la pasión con la que cantaban Pablo y Silas hasta hacer que se removieran los cimientos y  se les abrieran las puertas y le soltaran las cadenas.  Siéntelo. Ese canto son los ojos cerrados, el llanto contenido, el himno de adoración de mi pecho fervoroso para ti, amor, para ti.
San Francisco en éxtasis (1638) de Francisco de Zurbarán