"Amberes es un sueño parecido a ella,
hay que andar silencioso para no despertarla,
hay que recorrerla con los ojos cerrados
hasta mirarla dentro de nosotros,
entonces es Amberes la que va por el mar,
la que parte sin ruta, navegando
y uno se queda,
cuando queremos verla ya está lejos,
todos los horizontes nos separan".
Amberes, 1978 (Eugenio Montejo)
"Ella sueña tras el vendaval,
se quitó la ropa, sueña con despertar
en otro tiempo y en otra ciudad".
Copenhague (Vetusta Morla)
Vi Amberes,
Hubo un muelle y una muchacha de espaldas con vista al mar.
¿Qué piensa esta muchacha de espaldas?
¿Qué espera?
El viento le sopla en la nuca
el viento le cuenta cosas al oído
tal vez no espera
tal vez sólo escucha.
Esta muchacha evoca tanto a la hermana de Dalí que mira el mar reclinada en su ventana.
Sus cuerpos comparten ese aire que denota suspiro, nostalgia con algo de tristeza inasible.
Pero te hablo de la muchacha de espaldas en el muelle,
la miras desde acá y parece como si abrazara su cuerpo
-junto al viento, el mar, el cielo, que tan bonitos se les parece-.
Esta muchacha que hubo un tiempo en que la miré a los ojos,
su mirada tristísima me contaba historias sin que ella lo supiera.
Me contaba, por ejemplo, de historias de otros muelles, otros horizontes,
otros adioses sin retorno.
Me contaban sus ojos que estaba cansada de despedidas,
que anhelaba sentir un sitio como casa, pero sus pies no conocían de raíces.
Me contaban que había en el pecho de aquella muchacha un algo inhabitable,
un algo muy de ella, inconquistable, que nada ni nadie lo podría poseer.
Una nostalgia que había cavado un hoyo, pequeñito, pero lo suficiente para que habitara
una nostalgia permanente de un te-echo-de-menos- aún sin partir.
Me contaban todas estas cosas no con palabras sino con señales que
implicaban sus suspiros, su mirada-suspiro, esa calma antigua en el fondo de sus ojos,
me contaban que ella es un ave migratoria.
Una que tiene por patria los cielos, jamás el suelo.
Se sabe suya y del viento, de nadie más, por eso siempre parte.
Por eso aunque quiera entenderla habitando sus suspiros
aunque quiera ser el viento que despeine sus cabellos y le rumoree en el cuello
y quiera entrar en ese algo inhabitable que ningún sitio la retiene,
ningún sitio la ancla, ningún parasiempre la domestica para que se quede,
esta muchacha en el muelle que mira el mar y el cielo fundiéndose en un indisoluble abrazo eterno
-la muchacha, el mar, el cielo-
voltee, suspire, sonría y se marche
dejándome a mí, sola, sin respuestas.

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