sábado, 2 de junio de 2018


Nunca tuve un cuerpo.
Quizás una figura, una sombra,
pero no un cuerpo.

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Para ser santo no se precisa de un cuerpo, ¿cierto?

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Ahora dices aquello del filósofo,

el cuerpo es la cárcel del alma.

Ahora sí reconoces tu cuerpo.

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Los garrotes son fríos, corroen, llevan lengüita de sal para tus rasgaduras abiertas. Se siente. Se hace cuerpo. Las paredes son feas y heladas, el piso es igual, con mugre en sus esquinas. Es el encierro; da asco tu cárcel.

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La desidia, el abandono, el desdén por tu imagen , por eso que se veía; era algo allí entre tú y el mundo. No había que ocuparse. No era necesario. Te creías ángel. Un alma sin armadura. Por eso te quemó tanto.

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Carajita, boba, te creías ángel.

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Sean santos como yo soy santo, dice el Señor.

¿sin cuerpo?

¿sin alma?

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Un ángel no peca porque no tiene un cuerpo;
pero peca con el alma,
                           es decir,
                                      con las fuerzas de adentro,
                                                                              con las fuerzas del pensamiento.

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¿y tú?

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Yo amé sin cuerpo.

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¿Amar es pecar?

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¿Señor?

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El amor todo lo sufre, todo lo puede, todo lo soporta.... Jamás se envanece.

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Yo amé, yo sufrí, yo soporté, yo aún lo siento, que quema, quema, duele, adora,  pero nada alcanza para que sea recíproco, porque es sufrido, ¿ves? un ciclo.

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¿lo crees, amor?

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¿y su poquito de santidad está en dónde?

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en lo inalcanzable, en lo sufrido.

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En El Banquete eso se pondría en tela de juicio. El amor es cielo e infierno, es un puente, un mediador, un demonio. Su poquito de santo y su poquito de pecado.

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¿entonces?

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El cuerpo.

Está entre tu alma y el mundo.

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¿El cuerpo es el amor?


¿No amé porque prescindí del cuerpo?

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Tú no sabes amar, dijo Kamala.

martes, 10 de abril de 2018

"Una figura de tus manos tiene mucho más"


Mientras sonaba Cielo de ti de Luis Alberto Spinetta



Estaba a tu lado mientras flotaba a susurros la melodía de una guitarra que recorría aquel monólogo empeñado de una mano a otra mano.  Se sentía aliviada que aquello no era cierto. Es decir, creía que podía destrozar todo esfuerzo cuidadosamente trabajado si tan sólo musitara su nombre. Pero no podía permitirse semejante imprudencia. Eras tú quien te veías cruzando en la esquina con los ojos virados de nostalgias con las penas haciendo nido en tu pecho, mujer sola que acomodas todo, para que se vea perfectamente en su sitio, mirada clara y firme, si se avista alguna inflexión debajo de tus ojos por las noches de maldormir disimulas con los cristales de los lentes o en su defecto, lentes de sol. Domesticas la gravedad de tus labios, manteniendo una dibujada línea recta, sobria, firme. Ah, ah, mujer sola, esos labios, cicatriz displicente. Eras perfectamente tú, estructurada, paso firme, inventariando tus abrazos, tus risas, tus miradas, todo en ti, lo arreglabas para no quebrarte. Así hablamos de tu misma rutina al comer, al dormir, tus pasos obligados por tus lugares, tus calles, tus árboles, alimentabas tu inventario de nostalgias. Te era preciso para que no sé qué cripta dentro de ti se mantuviera en pie, era preciso hacer todo aquello como símbolo de llevarle flores frescas a las esculturas levantadas en su nombre. Cuando por descuido alevoso de ti misma-porque te gusta dolerte, Dolorosa-te delatabas con el resto, tenías fundado marco teórico emergente para tus leves inflexiones. Quién te aliviana tus ardores, quién aquieta tus temblorosas manos que recorren solas tu cuello, tu frente, en un empeñado disimular espacios vacíos, rincones de jarrones solitarios, una habitación de van Gogh sin cosas pares, el solitario hombro de la mujer de la fotografía de Kertesz que ahora es libre porque no justifica el My Elizabeth.
  Pero ahora por ilusión tus manos no estaban solas. Eran las manos como dos enredaderas retozando en el aire, apenas se tocaban. Se hablaban, no, no, era más tenue, se susurraban, se musitaban palabras que se disolvían a sí mismas para luego encontrarse y rumorear palabras rosa pálido, recuerdos tristes, suave música flotando entre ellas, con aquella voz que lo envolvía todo, y se hacía un fondo azul con líneas rosáceas pálidas en el aire. Eras tú, mujer sola, mírate, te estás temblando las manos con aquella humedad de esas otras manos.

domingo, 1 de abril de 2018

Mi amor es una niña no nacida

El amado no es más que un estímulo para el amor acumulado 
durante años en el corazón del amante.
No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor 
claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. 
Conoce entonces una soledad nueva y extraña, 
y este conocimiento le hace sufrir. 
No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón
 del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, 
un mundo intenso, extraño y suficiente".
La balada del café triste (Carson McCullers).

Mi amor es una niña no nacida. No es una criatura abortiva, despreciada por su deformidad. No. A mi niña vieja  le acaricio la giba . Le doy de comer en la boca. Llora, le beso, le digo que su piel arrugadita le sienta bien un poco de sol de la mañana.  Saw you, baby, walkin'home alone. Persiste el llanto de mi bebé. Yo la mezo, la acuno entre mis brazos. Mi bebé por instinto da brazadas queriendo asir algún rostro para tenerlo como ancla de salvación. Le digo que aquí estoy, que soy su madre creadora, le persuado con convicción con frases manidas y azucaraditas para que sonría, como que le que puedo bajar las constelaciones para convertir su llanto en pequeños diamantes luminosos, pero no soporta mi cariño. Mira para otro lado con un gesto altanero y de desprecio. Le siento desdeñosa, fea, sola,  impotente, con una pena oculta que se confunde con una dulzura muy tenue que asemeja a una calma indiferente y se olvida de todo, my body's flying' ,prolonga su agónico tedio, cierra los ojos, descordina, sigue musitando palabras dulces y tristes que se diluyen perezosas en el aire, she's… my baby, escúchala, siéntela, algo así como sonaría una canción del álbum So Tonight that I Might See de Mazzy Star. She's my… baby.. Walkin'…home… alone... She.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Dobla las campanas con toda la fuerza de un azul rilkeano


De Un long dimanche de fiancailles

"Tengo las manos llenas de ternuras y nadie quiere vendimiarlas" (Rilke)
"Mis brazos no te retienen y por eso justamente te poseo para siempre" (Rilke)
"Canta, Rosaura, que yo te acompaño con el temblor de mis manos" Mar Negro
(Guillermo de León Calles)
"Me puse a repicar las campanas como si en cada golpe 
te diera los pedazos de alma, los trozos del amor"
Uno (Adriano González León)

¿Cómo ama un corazón rilkeano? Un amor azul. La calma indiferente en la mirada mientras un corazón repica un amor apretado y contenido. Unas manos que tiemblan de ternura sin nadie que las reciba. Un heme aquí por ti con ojos cerrados. Un pecho lloroso de sentir tanto. Un abrazo dado hacia dentro mientras el alma consagra y posee para siempre. Música que esboza una sonrisa discreta, una mano tendida con una flor. Un corazón de paseo solitario. Un monje subiendo la escalera de caracol. La ciudad que se extiende debajo del campanario-corazón, amo y señor de lo grande, de lo sublime, de todo lo que sube, pero agacha la mirada porque no quiere que espante tanto mar sin orillas. Un corazón que canta, que hace templar duro las campanas como si dejara el alma en ese repicar hermoso de canto de ángel que lleva alas en forma de sonido que se expande y vibra en la piel y el corazón tembloroso de una muchacha que disimulaba con lentes de sol ese mirarse sola a sí misma en las tejas solitarias de casas coloniales con fondo azul cielo intenso. 
Azul cielo intenso como sentía en ese momento un querer apretado, atorado en su pecho sus manos que se acarician a sí mismas, que van a sus sienes, a su cuello, a sus ojos. Ojos color miel que no miran el sol, hoy no. Hoy los cierra y escucha el repicar de las campanas. Tararea la canción una melodía de viento y de mar. Se mece. No desea que acabe ese instante, se mira arriba en el campanario templando duro la campana, se mira en las estatuas de los ángelitos negros de la iglesia, en el ángelito robado, y también en la gárgola con posición de espera sobre la baranda del balcón de Notre Dame. Un amor rilkeano es azul, es decir grave y dulce, digamos que repica pero también dobla las campanas con toda la fuerza del azul de su alma, allí gana alas y canta. Se sublima, se hace hoja, pájaro, se hace sístole en un latido y luego diástole en campana, se sabe infinita, mujer sola, que una ciudad no le basta para expandirse.

sábado, 28 de octubre de 2017

Día Bartleby

Con la voz ceremoniosa de Ian hace noche de septiembre mientras suena en el loop de mi abulia Atmosphere, anunciando que hoy prefería no hacer nada. Hay mucho tedio. Solo quiero mirar el muro mientras el agónico soplo del aire acondicionado agita con raquitismo mis cabellos. El aire se me muere en los poros. Es como si estuviera cubierta de plástico. Hay días que camino y soy toda plástico. El viento choca contra mi cuerpo y se va. Es inútil oxigenarme. Mi mano en la nuca, venteo la camisa y soy plástico. Pero no quiero distraerme, hoy soy Bartleby. Mi mirada extraviada en el techo. Me hago más pesada, lenta e inmóvil que de costumbre. Se me acumulan asuntos pendientes pero hoy soy Bartleby. Respeten mi espacio, mi pequeño biombo. Hoy preferiría no hacerlo. Mi pálida voluntad languidece con el rumoreo de mis deseos frustrados aquí dentro de mi cuerpo. Todo es un asunto freudiano con algo de inexistencia corpórea de mi ser. Borges hoy no paraba con los inmortales y los dioses. Mi presencia palidece ante el recuerdo. No resiste la memoria. Se hace quebradiza, efímera, insignificante ante los otros. "Me causaste mucha ilusión", dijo. Ay, ilusión, infame efímera ilusión, duele serlo cuando acá dentro todo se siente con gravedad y permanencia, lo que aún siendo  nimio para el resto, aquí en lo profundo le crece una inmensa fibra que estructura los pedazos de esta armadura que se obliga a mantenerse erguida a no recostarse en las columnas y en los árboles . La soledad de Bartebly debió ocupar mucho espacio en su interior para que su inamovilidad dócil y pasiva  hiciera que de a poco corporalmente fuera firme en su destino de irse apagando en degradé.  Yo, por mi parte, ignoro mi suerte, pero al igual que Bartleby tengo una firme y obstinada resolución de distinta naturaleza: Sentir demasiado lo efímero. Contengo en mi interior la terquedad pasiva e intensa de Bartleby y el desasosiego impotente de Narciso para consumar su amor. Estoy llenita de ternura. Mi pecho mis manos mi brazos mi interior. Toda yo reposa su peso estático ante lo que voltea para otro lado.  Quiero abrazarte, Instante. Quiero hacerte eterno. Pero me rehúyes, me temes. Y yo que quiero que el peso de mi permanencia te colme los resquicios. Quiero abrazar el agua y se me escapa. Me frustra tanto que la ternura se me desparrame, me duele tanto asir la nada cuando tuve la convicción de que me quería. Soy una espantosa y forzada creación de Melville y Ovidio. Ya basta. Suéltenme. Hoy tengo el reposo eterno entre mis ojos. Mañana volveré por ti, Instante. Mírame a la cara, mañana preferiría hacerte eterno. No hoy. Hoy soy Bartleby.



En alguna noche de últimos de septiembre del corriente año.

viernes, 6 de octubre de 2017

Mi muchacha biforme

Notas de mediados de junio:

Mi madrugada la ambienta el álbum de Woman de Rhye mientras leo la historia de Samacis y Hemafrodita. No por casualidad conjugo esos elementos. La creación de un ser ambiguo. La voz de Rhye acaricia con esa suavidad indescifrable de hombre y/o mujer. Y la historia de la ninfa, la desconocida para Diana, y el bello Febo, hijo de Atlas, cuenta como la ninfa fuerza al muchacho para que uniera a ella y parece "como cuando alguien une dos ramas bajo una misma corteza". Me recuerda a mi muchacha biforme la que no se siente hombre ni mujer sino que tiene resplandor propio.


Soy la hija biforme
ese atardecer descrito por Ovidio
"el momento que no puede llamarse oscuridad ni luz, que con la luz se mezclaban los desdibujados confines de la noche".
                                  Soy Vesper, el astro del atardecer.
                                   "No soy hombre ni mujer, sólo tengo
                                     resplandor propio".
  Esta ingravidez sobre lo innominado me resulta gravosa.