Mientras sonaba Cielo de ti de Luis Alberto Spinetta
Estaba a tu lado
mientras flotaba a susurros la melodía de una guitarra que recorría aquel
monólogo empeñado de una mano a otra mano.
Se sentía aliviada que aquello no era cierto. Es decir, creía que podía
destrozar todo esfuerzo cuidadosamente trabajado si tan sólo musitara su
nombre. Pero no podía permitirse semejante imprudencia. Eras tú quien te veías
cruzando en la esquina con los ojos virados de nostalgias con las penas
haciendo nido en tu pecho, mujer sola que acomodas todo, para que se vea
perfectamente en su sitio, mirada clara y firme, si se avista alguna inflexión
debajo de tus ojos por las noches de maldormir disimulas con los cristales de
los lentes o en su defecto, lentes de sol. Domesticas la gravedad de tus
labios, manteniendo una dibujada línea recta, sobria, firme. Ah, ah, mujer
sola, esos labios, cicatriz displicente. Eras perfectamente tú, estructurada,
paso firme, inventariando tus abrazos, tus risas, tus miradas, todo en ti, lo
arreglabas para no quebrarte. Así hablamos de tu misma rutina al comer, al
dormir, tus pasos obligados por tus lugares, tus calles, tus árboles,
alimentabas tu inventario de nostalgias. Te era preciso para que no sé qué
cripta dentro de ti se mantuviera en pie, era preciso hacer todo aquello como
símbolo de llevarle flores frescas a las esculturas levantadas en su nombre.
Cuando por descuido alevoso de ti misma-porque te gusta dolerte, Dolorosa-te
delatabas con el resto, tenías fundado marco teórico emergente para tus leves
inflexiones. Quién te aliviana tus ardores, quién aquieta tus temblorosas manos
que recorren solas tu cuello, tu frente, en un empeñado disimular espacios
vacíos, rincones de jarrones solitarios, una habitación de van Gogh sin cosas
pares, el solitario hombro de la mujer de la fotografía de Kertesz que ahora es
libre porque no justifica el My Elizabeth.
Pero ahora por ilusión tus manos no estaban
solas. Eran las manos como dos enredaderas retozando en el aire, apenas se
tocaban. Se hablaban, no, no, era más tenue, se susurraban, se musitaban
palabras que se disolvían a sí mismas para luego encontrarse y rumorear
palabras rosa pálido, recuerdos tristes, suave música flotando entre ellas, con
aquella voz que lo envolvía todo, y se hacía un fondo azul con líneas rosáceas
pálidas en el aire. Eras tú, mujer sola, mírate, te estás temblando las
manos con aquella humedad de esas otras manos.
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