lunes, 10 de julio de 2017

Diario de la mujer sola: cuatro notas.

04/07
Viejo ritual: El jardín de los presentes.

La mujer sola cumple con su rutina, El Jardín de los Presentes para hacer la cena. La mujer de pronto se olvida de que se encuentra lavando las lechugas. La mujer sola se siente mecida por un arrullo suave que le canta desde atrás. Ella cierra sus ojos y siente que es esa melodía-beso quien le sella los párpados con dulzura. Dice bajito, dame brisa de mar. Repite, dame brisa de mar. Y se tiende con un extendido abandono de sí misma en un sostenido abrazo que canta una nana que es sólo un tarareo suavecito que se expande por su interior. Mira muchacha, no tienes que ser abrumadoramente perfecta. Tu ternura le basta para darte toda la luna, todo el cosmo con estrellitas, todo lo sagrado de su templo. Dame brisa, te pide. Ella atiende cuando  veel cielo mientras te mira bailar. Rómpeme el albedrío. Me contorneaste sin saberlo, me diste nombre, ahora sálvame.

Vetusta Morla.

"decir que esa mujer era dos mujeres es decir poquito
debía tener unas 12397 mujeres en su mujer"
Juan Gelman
La mujer sola es la vetusta Morla de su historia interminable.
Este eco de voces en mi interior me acompaña. Camino y me río sola, la otra reprime con un molesto chistar. A lo lejos suena una risita contenida. Somos así, todas nos hablamos entre sí. La mujer sola y sus innumerables mujeres en su mujer interior, son ella, sola. Es ella dividida en sus particularidades en cada una.  Son seis, y hay alguien más, pero no se deja mirar, aún no. Estas mujeres en su mujer enecesitan paz, les sobresatura el ruido, se sienten muy suyas cuando se habitan solas. Pero, déjame en paz, ya, este tiempo nos consume. Calma, deseamos calma, silencio. Paz. Shhh. 

05/07

I am a bird now

En una tarde lluviosa de julio la mujer sola escucha a Antony & The Jhonsons mientras el café espumoso le humea los ojos desesperanzados. Piensa en aquella vez que trepó el árbol y sintió cómo la mecía con la fuerza calma del viento. Le gustaba cómo era de amoroso aquel pino mexicano, que dijo su madre que se llamaba el árbol de su patio. No digamos que a pesar de ser pequeño era impetuoso; al contrario, tenía esa serenidad grave de los árboles gigantescos. Agitaba sus hojas con cansancio, llevaba en sus ramas un esquelético pero firme movimiento. Mecía suavecito, casi imperceptible, pero lo suficientemente certero para sentirlo como que acuna los brazos firmes y dulces de un padre. Si cerraba sus ojos, pensaba la mujer sola, se sentía alguno de esos pájaros solemnes, inalcanzables, posados en las copas de los árboles, con pensamientos más altos que nuestros humanos y terrestres pensamientos. Se sintió habitada por la belleza de la andrógina voz, de la que tomaba la ingravidez de lo mutable, de la belleza de lo efímero, para imprimir en sí misma el poder del estremecimiento de lo bellamente inexpresable, de alcanzar esa intermitencia tan bella de la que siempre quedaba prendada la pesadez de su alma. De aquella muchacha que se posó en su ventana, fue  mariposa o ave, no sabría aún precisar, pero prefirió, en ese entonces, mirarla desde afuera para no espantarla, reparó en lo lindo que tenía su posar. Se le quedó la mirada extraviada en sus alitas, quiso acercarse, quiso tomarla entre sus manos, quiso acariciarle su gorjeo, quiso…. Pero se contuvo, quiso entenderla, quiso saber por qué entre todas las ventanas fue tan casual esa espontánea manera de aterrizar en la suya y mirarle, sí, mirarle, la miró esta mariposa, ave, en su ventana, le miró fijó. ¿Cómo puedes saber que un ser tan efímero tan propicio al viento te está viendo? No lo sabemos, pero ambas se miraron. Pero era esas miradas que traspasan, esas de las que dos almas se miran y se reconocen. La mujer sola se sintió magnetizada por la gravedad de aquellos ojos tristes que le decían un no sé qué incognoscible y de paridad a su alma. Pero la mujer sola, se engañaba de tal paridad,  había en aquella muchacha ave-mariposa un abismo inexplorable, un algo que no se deja mirar, ni mucho menos habitar. Es quizás aquello lo que posee el desapego de las aves migratorias que ningún suelo las ata, ningún parasiempre les domestica para que se queden, ni mucho menos les ata la gravidez de casa arraigada que habita en el pecho de la mujer sola, ellas sólo se saben del viento, y vuelan sin amarres. I am a bird now, se susurró la mujer sola sin convicción.



06/07

Pasajera en trance

La mujer sola está en el puesto de los trujillanos, coge algunas papas, un pepino, un tomate, una batata, lechuga, suficiente lechuga para su cena de esa tarde-noche. Se ve relajada, casi perfecta, cociendo las papas, pelando los tomates y el pepino, lavando las lechugas mientras escucha al Charly. Desde la mañana se levantó con esa melodía transitoria en su cabeza. Ella está por despegar. Ella se va… Iba camino al trabajo cantando con su voz susurro-desgajada. Le fue lindo aquella mañana, aunque le costó unos minutos tarde valió la pena. Transitó por segunda vez de la semana por la Aurora, su calle nueva favorita. En el camino se topó con dos acacias y un arbusto de unas flores blancas. La doncellez y pureza de sus pétalos le dio un aire muy familiar  a sus chiquitas , las flores de jazmínes, pero  carecían de su impregnante olor característico. Estaba animosa, aquella calle le sacaba sonrisas a la mujer sola. Un amor real es como vivir en aeropuertos. En el cruce de su calle se topa con un señor que llevaba una carretilla toda verde con un montoncito de plantitas agitándose sonrientes en la inocencia en cada traqueteo con que las arrastraba las gastadas ruedas. Aquello le interrumpió su melodía mental. Por instinto su tacto y olfato ya estaban en íntima armonía con unas hojas ovaladas, -¿tiene orégano?-Son esas que toca.- Ay, no me diga, Ay, señor, ¿en serio?-su desordenada e inocultable emoción la hizo derramar muchos deseos venturosos al señor de la carretilla y llevarse abrazada con cariño maternal a su plantita de orégano. La cabeza de esta mujer sola, aquella mañana de insospechada belleza transitoria, no paraba de bambolear. Ella baila sobre el mar. Ella se va…


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